Acompañamiento Terapéutico Vinculante (ATV) en la historia de Ernesto (TND) Trastorno Negativista Desafiante.

Trastorno Negativista Desafiante

Ernesto

Esta historia está basada en hechos reales. Sus nombres y sus contextos han sido modificados para evitar la identificación de los participantes de la historia.

Ernesto tiene 17 años, es de Valencia y vive actualmente junto a su familia, en el barrio de Gran Vía del Turia. Sus padres son Enrique de 52 años de edad, médico jefe del departamento de Urología de un hospital privado de la Comunidad Valenciana y Lucía de 45 años, médico en atención primaria de la red de sanidad pública valenciana. También convive con sus dos hermanos menores, Eduardo (16), inteligente, educado, buen estudiante y casi siempre en un segundo plano y Paula (15) que como su hermano Eduardo también destaca por su alto nivel de inteligencia, corrección, belleza física y una imagen delicada y frágil.

Primera infancia de Ernesto (hasta los 7 años).

Ernesto nace en el seno de una familia joven y recién creada, su nacimiento supuso un acontecimiento familiar especial, ya que era el primer hijo y nieto de la familia. Era vivo, guapo y parecía muy espabilado. Todos estaban volcados en él, tanto era así que parecía no tener ningún rival que pudiese empañar ese protagonismo familiar, así por ejemplo el hecho de que a los 14 meses naciese su hermano Eduardo no supuso ningún cambio significativo. Eduardo era muy tranquilo y apenas reclamaba atenciones. Ernesto seguía siendo el rey de la casa. Sin embargo, a raíz del nacimiento de su hermana Paula, cuando Ernesto tenía 30 meses, empezaron a producirse algunos cambios en su contexto familiar. Paula nació rubia, con ojos claros y muy rolliza; muy parecida a Ernesto. Todos les comparaban, pero claro está, Paula ganaba en dulzura y ternura. Los padres empezaron a vivir la paternidad con mayor madurez pero quizás con algo menos de fuerza e ilusión. La viveza y la inquietud de Ernesto, que antes tanto les cautivaba y entretenía, ahora empezaba a ser vivida con algo de pesadez y significaba trabajo extra. Enrique y Lucía empezaron a darse cuenta que atender las demandas de una niña recién nacida era prioritario y mas gratificante. Además comienzan a comprobar cómo Eduardo, un niño tranquilo e introvertido, reclamaba menos esfuerzos y tareas que Ernesto, lo cual agradecían ya que llevaban un estilo de vida donde conciliar la carrera profesional exitosa de ambos con la familiar les suponía demasiado esfuerzo y desgaste.

A partir de los dos-tres años hasta los siete años de edad del pequeño Ernesto, empezaron a manifestarse los primeros conflictos derivados de lo que era su “temperamento“; su inquietud , rebeldía  e impulsividad empezaban a colocarle frente a sus hermanos en una situación de desventaja. Su madre (Lucía) comenzó a establecer una relación con Ernesto basada en la protesta constante, le atribuía maldad a casi todo lo que hacía. Con el tiempo Lucía, mas que educar y poner límites que permitiesen crear una convivencia tranquila, generaba con Ernesto peleas constantes que visto desde fuera parecía mas bien una lucha de poder entre iguales que una relación madre-hijo. Lucía interpretaba el comportamiento rebelde de Ernesto, que rompía cosas y se peleaba con sus hermanos, como un desafío hacia ella para sacarla de quicio y fastidiarla. Según iba evolucionando la relación y la edad de Ernesto, este iba ganando en recursos y capacidad de actuación, por lo que a los 7 años de edad era Ernesto el que parecía que ganaba en esas peleas y/o luchas de poder entre él y su madre. Lucía cuando creía que su hijo iba a ponerse en rebeldía o ella necesitaba tranquilidad (lo cual ocurría cada vez con mayor asiduidad) apartaba a su hijo y lo llevaba a casa de sus abuelos.  Con ello conseguía proteger a sus hijos pequeños de un ser cada vez mas malvado y a si misma de un desgaste cada vez mas difícil de soportar. En numerosas ocasiones, normalmente cuando los abuelos no podían hacerse cargo de Ernesto, Lucía sentía impotencia, rabia y debilidad al verse sin recursos personales para poder contener a su hijo adecuadamente por lo que propinarle buenos azotes cargados de reproches y responsabilizando de ello a la maldad de Ernesto, le hacía dominar la situación y tranquilizar el ambiente crispado. A través de esta relación con su madre, Ernesto empezó a crearse una identidad, donde él era malo y necesitaba ser apartado de sus iguales y de su entorno para no seguir haciendo daño.

Enrique (padre), tenía un carácter débil y era amante de la tranquilidad a cualquier precio. Ante cualquier conflicto siempre daba la razón al mas fuerte o evitaba tomar partido en ello. Por eso, ante la mediación entre Ernesto y su madre, Enrique era el encargado de separarles y de apartar a Ernesto de la familia para evitar así problemas. De esta manera, la relación entre Ernesto y su padre empezó a consolidarse a través de los deseos que la madre imponía. Cuando Enrique acompañaba a su hijo Ernesto a casa de los abuelos, solía explicar a su hijo durante el trayecto que tenía que portarse mejor para no enfadar a su madre, le explicaba que la medida de llevarle a casa de sus abuelos era demasiado drástica y que si fuese por él no lo haría de ese modo, pero que se veía obligado a hacerlo para conseguir la tranquilidad familiar. De esta manera poco a poco Ernesto iba entendiendo que las consecuencias de la debilidad de carácter del padre las tenía que sufrir él mismo y que la única forma de defenderse de ello sería probablemente ser mas fuerte o conflictivo que la madre para poder tener a su padre de aliado.

Ernesto aprendió que a través de las figuras de sus padres, que en este momento representaban la autoridad, que para conseguir su atención, al menos temporalmente, era necesario tener un comportamiento disruptivo y  generar peleas.

Ernesto tenía una relación de clara superioridad ante su hermano Eduardo. Ernesto reproducía en su relación con él, el comportamiento que recibía de su  madre, es decir le echaba broncas por todo, ante cualquier tipo de conflicto o juego de rivalidad le apartaba, etc.., con la gran diferencia de que Ernesto siempre ganaba y Eduardo jamás se revelaba. Eduardo tenía un carácter débil y con tendencia a la sumisión y a la no protesta. Debido a la gran diferencia de caracteres y a la superioridad de Ernesto ante él, en todos los niveles, la relación fue estableciéndose cada vez mas distante y fría. Cada vez interactuaban menos y la brecha fue haciéndose mayor. Los padres, por otro lado, también fomentaban la separación entre ambos, ya que con ello, entendían que se protegía a Eduardo de las posibles maldades de Ernesto y así evitaban posibles conflictos y abusos.

Paula, la hermana menor de Ernesto, sentía devoción por su hermano mayor. Le tenía idolatrado, creía que era el mas poderoso y mejor hermano protector que podría tener. Siempre que podían jugaban juntos, pero también a menudo peleaban, lo que conllevaba una bronca para Ernesto y un castigo que normalmente consistía en apartarle de su familia y llevarle a casa de sus abuelos. Lucía era una niña dulce y con un aspecto que aparentaba tener gran fragilidad, aunque mas bien era el resultado de un tipo de seducción y/o arma manipulativa ante su entorno, mas que un verdadero rasgo de identidad. Tenía gran poder sobre su hermano Ernesto, normalmente jugaba a lo que ella se le antojaba y siempre ganaba, y cuando esto no ocurría, Lucía sabía que provocando a Ernesto, chinchándole, llorando o chivándose a sus padres, Ernesto iba a portarse mal, consiguiendo con ello que el juego llegase a su fin y ella saliese vencedora. Ernesto aprendió, a través de la relación con su hermana, que era capaz de despertar grandes deseos y liderazgo entre las niñas pero que estas tenían ciertas herramientas de superioridad que el no manejaba; “la manipulación” y la capacidad de “autocontrol“.

Ernesto estaba muy bien integrado en el colegio, los profesores estaban encantados con él a pesar de ser algo revoltoso. Aprendía mas rápido que la media, era simpático y destacaba en todos los deportes. Era el líder indiscutible entre sus compañeros, solía ser más rápido que el resto en cualquier disciplina, en toma de decisiones o ante cualquier reacción a tomar. En dos ocasiones los padres hablaron con el orientador del colegio, para que pudiesen valorar la posibilidad de un diagnóstico de hiperactividad en Ernesto, pero esto era algo que descartaban al segundo ya que en el colegio no aparentaba sufrir ningún problema en cuanto atención, su rendimiento académico era sobresaliente y la integración con sus compañeros era “perfecta”. Tan sólo se le podía percibir algo inquieto puntualmente, pero siempre dentro de la normalidad. No obstante se le remitió a los 5 años al logopeda del colegio con el objetivo de que ganase en dicción, ya que a pesar de ser bastante verborreico y poseer un extenso léxico, la pronunciación de las palabras no era del todo correcta y hablaba de una forma aveces algo atropellada e incluso ininteligible ocasionalmente. Su forma de hablar era cómo su personalidad, rápida, inteligente, descontrolada y ansiosa. A parte de corregir ciertas irregularidades en el habla, se esperaba que el trabajo del logopeda, a través de la generalización en otras áreas, le enseñase también cierto poder de autocontrol personal.

Segunda infancia de Ernesto (de 7 a 15 años).

El comportamiento desafiante/oposicionista de Ernesto fue ganando transcendencia y generalizándose a partir de los 7-8 años de edad. Las broncas con su madre empezaron a ser cada vez mas fuertes y comenzaron a tomar otro cariz. La relación entre ambos se basaba en la lucha constante para ver quien tenía el poder y conseguía salirse con la suya, utilizando para ello, si hiciese falta, cualquier tipo de recurso coercitivo entre ambos. Ernesto empezó a notar que su envergadura física, potencia de voz, amenazas y comportamientos agresivos le servían para amedrentar y atemorizar a su madre. Eso le hacía sentirse poderoso y capacitado para seguir siendo el centro de atención cómo cuando era pequeño. De esta forma comenzó una nueva etapa en su vida donde reinaba la tiranía y el aparente desprecio hacia los demás.

Estos conflictos creaban un clima familiar de crispación y agresividad general, que el padre evitaba estando cada día mas ausente y refugiándose en su vida profesional. Se pasaba todo el día trabajando en el hospital o en su consulta privada y el poco tiempo que le quedaba lo aprovechaba para dedicarlo a su formación. Este hecho también repercutía en su relación de pareja. Enrique y Lucía empezaron a tener problemas entre ellos. Lucía reclamaba constantemente un apoyo a su marido y empezó a tener un carácter cada vez mas exasperante con toda la familia, lo que hacía aumentar mas aún la ansiedad y el ambiente de crispación familiar, parecía que todo la molestaba y en cuanto el padre entraba por la puerta no paraba de protestar y sentirse la mujer mas sufridora y agobiada del mundo. Empezaba a dudar de su filosofía y estilo de vida, decía arrepentirse de haberse casado y haber creado una familia que lo único que hacía era amargarle su existencia. Algo que repetía a todos los miembros de forma constante y persistente. El caso es que se veía sola ante el peligro y la responsabilidad de cuidar a sus hijos sin el apoyo de su marido. Por eso aprovechaba cada ocasión para llenar de responsabilidades familiares al padre. Algo que producía aún mayor tensión porque Enrique siempre que podía intentaba eludir responsabilidades y a Lucía esto le hacía aumentar, aún mas, su nivel de irritación. Parecía que lo único que producía calma familiar era cuando el padre llegaba por la noche a casa y Lucía le hacía el pertinente resumen de todo lo que había ocurrido en su ausencia, sobretodo haciendo especial énfasis en el comportamiento nefasto y desquiciante que Ernesto había tenido durante todo la tarde, por lo que la madre reclamaba que fuese el padre el que se encargase de castigarle y cuanto mas contundente fuese mejor, le alentaba también para que emplease el “castigo físico” ya que parecía ser lo mas efectivo a corto plazo para controlar la situación, imponer una malentendida autoridad y tapar la debilidad de unos padres que no eran capaces de controlar a un niño pequeño. Todo esto ocasionaba que, prácticamente todas las noches Ernesto se le comunicase que iba a estar castigado a la tarde siguiente por acciones que había cometido durante la tarde anterior. Los castigos consistían en estar aislado en su habitación sin televisión y sin juegos o yendo a casa de sus abuelos donde parecía que era todo muy aburrido. Ernesto realmente vivía una situación de cierta indefensión, donde hiciese lo que hiciese, siempre iba a estar castigado, por lo que el buen comportamiento, que cada vez era mas puntual, jamás iba a ser tenido en cuenta o iba a poder ser premiado. Sin embargo, un comportamiento indisciplinado y tirano le convertía en el centro de la conversación entre sus padres y una oportunidad de relación con ellos, aunque fuese a través de castigos. Las actuaciones desafiantes y coercitivas de Enrique eran cada vez mas graves. Lo que antes era una desobediencia o un mal gesto hacia su madre ahora se estaba convirtiendo en amenazas, romper objetos de la casa o propinar golpes e insultos dirigidos a todo el que se pusiese por delante en sus momentos de ira o frustración. Cuando esto ocurría, en numerosas ocasiones, Lucía se iba de casa con los hermanos de Ernesto y le dejaban sólo hasta que llegaba su padre. Esta situación a Ernesto le hacía sentirse un monstruo peligroso e incontrolable, hecho que así quedaba refrendado cuando al llegar de nuevo la familia  a la noche y estando Ernesto ya tranquilo y triste recibía unas bofetadas de su padre y era castigado para el día siguiente, como siempre.

Ernesto poco a poco fue generando repulsión hacia su padre. Empezó a dejar de ser un modelo de referencia a seguir, cada vez le resultaba mas ofensivo convivir con el carácter débil y sumiso que el padre tenía, veía como para evitar conflictos o confrontaciones personales era capaz de cualquier cosa, incluso de castigar o pegar a su hijo con el fin de no contrariar a su madre. A Ernesto se le quedó gravado una situación familiar que se dio en una cena de Navidad cuando contaba con 14 años de edad y que cuando fue adulto utilizaba de ejemplo para explicar cómo era su padre. En dicha cena, en la que no estaba presente su madre, su padre (Eduardo) fue puesto en evidencia ante toda su familia extensa (padres, hermanos y cuñados) por un hermano suyo, le reprochaba que tenía un hijo maleducado y una mujer histérica que les consentía absolutamente todo, se lo dijo con un tono de reproche e hiriente. Se generó bastante tensión en la mesa, los abuelos intentaron cortar el tema y quitar hierro al asunto, pero el hermano de Eduardo siguió criticando insistentemente durante toda la cena a su hermano.y a su familia.  Finalmente ante la aparente pasividad que Eduardo demostraba, hizo que el conflicto se extendiese y los abuelos se vieron obligados a tomar parte en el asunto, lo cual hizo que el tío de Ernesto se enfureciese aún mas. Eduardo terminó entre sollozos, reconoció que todo lo que decía su hermano era verdad, que el no era nada mas que una víctima, que su mujer era una histérica y la culpable de una nefasta educación para sus hijos. En ningún momento defendió a su mujer ni a sus hijos a los cuales les atribuyó todas las cualidades despreciables que su hermano decía de ellos. A Ernesto, ver cómo su padre basaba su defensa en su propio victimismo y en dar la razón a su hermano, cuyo objetivo era hundirle utilizando para ello el ataque de quien se supone eran sus seres queridos  y que para colmo todo ello era fruto de una rivalidad y celos no resueltos; le hizo repudiarle aún mas.

En el colegio empezó a tener un comportamiento diferente, dejó de ser ese niño bien adaptado, estudioso y algo revoltoso para pasar a ser un chico intolerante, chivato de sus iguales y desafiante con sus superiores. En la escuela siempre había gozado de una buena relación con sus profesores y compañeros pero a partir de los 10 años de edad empezó a tener problemas con sus compañeros. Ernesto comenzó a tomar por costumbre delatar públicamente a los profesores los malos comportamientos de sus compañeros, esperando que fuesen reprimidos con contundencia y con castigos, ya que el entendía que eso era apropiado, según había aprendido a través de su experiencia en casa. Ernesto con este comportamiento (copiado burdamente de su hermana) quería sentirse mas próximo y aliado a la autoridad adulta,  creía que eso era ser “bueno“, cómo lo era su hermana cuando lo hacía y  solía esperar algún beneficio actuando de tal modo. Sin embargo lo que consiguió fue que sus compañeros se apartasen de él y que los profesores le acabasen ignorando. Ernesto empezó a generar odio hacia el mundo al comprobar que eran injustos con el. No entendía porque sus compañeros de clase no solían estar castigados, como lo estaba el, si por el contrario hacían cosas parecidas. Tampoco entendía porque la autoridad en el colegio no era mas tajante y represiva y dejaba pasar por alto tan malos comportamientos de sus compañeros. El hecho de intentar poner orden y aliarse a los profesores encima era motivo de conflicto. Por eso Ernesto empezó a tomar otro rol en el colegio. Estaba cada vez mas resentido con todos los que le rodeaban y fue desarrollando una capacidad automática de culpabilizar de sus males y desgracias a todos los que le rodeaban (Locus de control externo). Esto lo aprendió especialmente de su madre (la cual le culpabilizaba especialmente a Ernesto y también al resto de la familia de prácticamente todo), de su propia experiencia injusta en el colegio y del desarrollo de un mecanismo de defensa ante su depresión subyaciente, ya que a Ernesto le compensaba mas mostrarse irascible y dirigir sus frustraciones e ira hacia el exterior, que sentir la indefensión y el rechazo que el mundo le estaba brindando.

Ernesto a pesar de que estaba cada día más separado e insoportable con sus compañeros fue uniéndose cada vez mas con su compañero de pupitre (Juanito), el cual era un niño débil, con falta de recursos, habilidades sociales y muy torpe en cuanto a su psicomotricidad, razón por la cual era el objeto de burlas y muchas veces chivo expiatorio entre los compañeros de clase. Ernesto parecía muy diferente a Juanito, pero sin embargo no podía dejar de identificarse con la parte mas débil e injusta que sufría su amigo. Le defendía siempre y se erigió su protector. Ernesto sentía que lo suyo ya no tenía solución, se daba totalmente por perdido y que en el fondo no tenía autoestima suficiente cómo para defenderse él mismo, por lo que defender a Juanito de cualquier ataque se convirtió en su objetivo principal y canalización de sus propias frustraciones.

Ernesto y su familia pasaban los veranos en su casa de playa en Islantilla (Huelva) solían ir todos los años y allí Ernesto coincidía con un grupo de amigos. Le encantaba ir, se sentía más libre que en ningún otro sitio, al tratarse de una urbanización cerrada donde los niños podían estar libres, aparentemente sin peligros externos, Ernesto se pasaba todo el día en la calle acompañado de sus amigos, entrando en casa únicamente para lo imprescindible (comer y dormir). Por otro lado también el resto de la familia se encontraban con mayor paz y liberados, no tenían la carga de Ernesto peleándose a todas horas con su madre o molestando a sus hermanos, el padre estaba de vacaciones y tenía mas tiempo para disfrutar de las corresponsabilidades familiares, que normalmente eran tranquilas, los hermanos pequeños contaban con mas tiempo para poder disfrutar de los padres y del ocio compartido, etc.. Ernesto se sentía dichoso y pleno de poder tener ese grupo numeroso de amigos, donde el único requisito para pertenecer a él era vivir dentro de la urbanización, tener cualidades o gusto por el deporte y odiar a los que vivían en la urbanización de enfrente. Las rivalidades entre ellos se solucionaban mediante la competencia deportiva o la demostración de habilidades que pudiesen denotar mayor fortaleza física o virilidad. Ernesto se sentía como pez en el agua y era el único lugar donde por esa época encajaba plenamente. Ser gamberro, atrevido, impulsivo, buen deportista e inteligente le convertía en un referente para el resto de amigos. Los problemas de Ernesto con respecto al grupo surgieron en el verano en el que él cumplía los 15 años. Es cuando empezaron los primeros despertares hacia las chicas, algunos de los chicos tuvieron sus primeras experiencias de cortejo, su primer amor y su despertar sexual. La experiencia individual de cada uno era contada al resto de los compañeros de grupo, suponiendo cada relato un triunfo y una subida de estatus. Ernesto en este sentido se quedó atrás, sentía mucha presión por el grupo, era el único lugar donde podía seguir siendo el “rey“, cualquier fracaso podría ser fatal y convertirse en un marginado como lo era en cualquiera de sus otros contextos. A Ernesto le imponían mucho las chicas y no sabía como tratarlas. Pensaba que las mujeres eran superiores y que contaban con mas recursos personales. Ernesto siempre había visto como su madre era mas fuerte y la que manejaba a su padre y como su hermana a pesar de parecer frágil y delicada siempre conseguía lo que quería, su experiencia le decía que siempre, ante cualquier competencia con mujeres, el siempre saldría perdiendo y quedaría en evidencia. Ernesto era indiscutiblemente uno de los líderes del grupo y pretendía seguir siéndolo. Una de las chicas de la urbanización empezó a interesarse especialmente en Ernesto, esto a él le asustaba demasiado como para poder hacerle frente y se dedicó, en los primeros momentos, a hacer que no se enteraba y evitar cualquier situación o encuentro con ella. Pero su grupo de amigos una noche le pusieron entre la espada y la pared, estando prácticamente el grupo al completo le preguntaron por la chica y el por qué no se había enrollado aún con ella, si lo tenía en bandeja. Ernesto trató de salir del paso diciendo que la chica era una estúpida y que no le gustaba, pero tanto el cómo el sentir del grupo pusieron en duda su virilidad y valentía. Este hecho le marcó tanto a Ernesto que le condicionó toda sus relaciones y vida futura. El verano lo acabó exacerbando ante el grupo todos los valores masculinos y potenciando los recursos para mantener el liderazgo que le sirviese para tapar una nueva problemática incipiente de bloqueo ante la relación íntima con las mujeres. Convirtió en identidad un comportamiento agresivo, en el gamberrismo y una excesiva competencia para intentar quedar siempre por encima y como ganador. Por otro lado, en su intimidad, Ernesto comenzó a obsesionarse por ciertos rasgos físicos poco varoniles, por sus dudas sobre su potencia sexual y por el tamaño y la forma de su pene.

Adolescencia de Ernesto de 15 a 17 años.

A partir de los 15 años de edad comenzó a crecer exponencialmente el nivel de actuación psicopática de Ernesto, le servía como recurso para compensar su baja autoestima, sentimiento de exclusión social, su baja tolerancia a la frustración, sus pensamientos obsesivos, su falta de identidad y sus dudas sobre su masculinidad.

Su odio hacia el mundo se convirtió prácticamente en una amenaza pública. En casa dirigía su ira especialmente hacia sus padres. La agresividad, el amedrantamiento y la imposición a través de la fuerza, empezaron a ser recursos que le hacían ganar por goleada en su lucha por el poder y protagonismo, lo cual le permitió imponer su reinado en casa basado en la tiranía. Se sentía algo más liberado cuando culpabilizaba a sus padres de sus frustraciones. Los asustaba y eso le hacía sentirse poderoso. A su madre le acusaba de haberle maltratado toda su vida y haber tenido hacia él un compartimento injusto y peyorativo comparado con el que habían recibido sus hermanos; y a su padre le reprochaba haber sido un cobarde, no haber sido capaz de defenderle nunca y no haberse ganado su respeto. Por eso ahora Ernesto creía que lo justo era imponerse y marcar el sus propias normas para compensar esa posición desfavorable que siempre había sufrido.

En el colegio sigue manteniendo un nivel aceptable académicamente, a pesar de estudiar poco o prácticamente nada, pero su rapidez mental y capacidad intelectual le permitían poder aprobar los exámenes sin esfuerzo. Con sus compañeros apenas se relaciona y los considera a todos unos pánfilos y unos cobardes sumisos. Únicamente conserva su apego con su inseparable amigo Juanito, para seguir defendiéndole y apoyándole del mundo. A pesar de los problemas de adaptación con sus compañeros de clase, deja de tener enfrentamientos con los profesores y entiende que evitando el desafío con ellos, le es  mas útil y le resulta mas fácil poder  burlarse y escaquearse de los trabajos, deberes y castigos.

Por otro lado Ernesto empieza a hacerse nuevos amigos que pertenecen al colegio público muy próximo al suyo. Son un grupo en el que no hay ninguna chica, consumen porros, realizan pequeños hurtos en su tiempo libre, en su mayoría provienen de familias desestruturadas y pasan la mayoría del tiempo fuera de sus casas. Era un grupo ideal para las coartadas que buscaba Ernesto, poder encajar con ellos sería tener la oportunidad para evitar sus conflictos con las chicas, no sentir sus dificultades de adaptación con sus iguales, estar rodeado de personas donde la exigencia era mínima, pasar mas tiempo fuera de casa, buscar una identidad en la marginalidad y probar nuevas experiencias con las drogas que le liberen de su sentimiento de inferioridad y de frustraciones. Enseguida Ernesto se convirtió en el lider de su nuevo grupo y lo consiguió siendo el mas atrevido robando en las tiendas, consumiendo hachís y siendo el que mas posibilidades económicas tenía para invitar a sus amigos a litronas de cerveza.

El día que Ernesto cumplió los 16 años intentó hacer una gran fiesta de celebración en casa de sus padres. Invitó a todos sus nuevos amigos y excluyó de la invitación a Juanito, ya que entendía que no era bueno para él integrarle en ese nuevo grupo porque podría perjudicarle y arrastrarle por la mala vida, además Ernesto no se sentía nada orgulloso ante Juanito cuando consumía drogas o robaba, por lo que trataba de ocultárselo y apartarle de ese nuevo mundo. Se encargó él mismo de decorar la casa, hacer la compra y hacer su propia tarta de cumpleaños. Cuando ya lo tuvo todo preparado y llegó la hora de la celebración se dispuso a llamar a sus amigos, para recordarles que ya era el momento de asistir a su fiesta, sin embargo la mayoría no atendieron al teléfono y dos de ellos le dijeron que no podían ir porque tenían otros planes. Ernesto al verse totalmente sólo, únicamente en compañía de su madre a la que tanto detestaba, empezó a entrar en cólera, y se dedicó a llorar mientras destrozaba todo lo que había preparado. Su madre al verle así, se asustó y Ernesto en búsqueda de consuelo se acercó a su madre para que esta le pudiese dar un abrazo, pero esta, al ver con la ira con la que se había dedicado a romper todo, salió corriendo y cerró la puerta del comedor para dejarle solo y protegerse de la agresividad de su hijo. Ernesto se desesperó aún mas y sólo se le ocurrió seguir rompiendo cosas y cuando acabó, se quedó toda la tarde sentado en el suelo, fumandose todos lo porros que pudo. Su padre llegó aproximadamente pasadas las tres horas de lo ocurrido. Antes de abrir la puerta del comedor ya había sido informado de todo el destrozo y el miedo que había hecho pasar a su madre, por lo que entró totalmente enfurecido y con la idea firme de enviarle a un colegio interno en la mayor brevedad posible. El encuentro fue nefasto, el padre se encontró un salón destrozado y un hijo totalmente drogado sentado en el suelo, le cogió del brazo bruscamente para levantarle y una vez en pié le pegó una bofetada. Sin embargo esta vez Ernesto sentía que ya no tenía nada mas que perder y si además le añadimos el poder desinhibitorio de los porros, esto hizo que Ernesto no se estuviera quieto y le devolvió un puñetazo a su padre que le hizo caer al suelo y sangrar aparatosamente por la nariz. Ernesto se asustó y salió corriendo de casa despavorido.

Una vez en la calle, Ernesto se sentía cómo un monstruo que hacía ahuyentar a los que le rodeaban y muchos de ellos temerle. Según le había enseñado su experiencia, el mundo o bien le rechazaba o bien  le temía. Pensó como primera opción ir a casa de Juanito para buscar apoyo y cobijo, sin embargo enseguida descartó la idea al pensar que por un lado podía meterle en líos a su buen amigo por el protegido y por otro lado su narcisismo no se lo permitía, es decir Ernesto no podía presentarse débil y necesitado ante el único ser del mundo que le consideraba una persona fuerte, viril y protectora. Sólo le quedó la opción de ir a casa de sus abuelos y aplicarse el autocastigo al que estaba tan acostumbrado. Al llegar a casa de sus abuelos pudo ver en ellos las miradas de reproche y miedo, sin embargo le dejaron quedarse con ellos hasta que se arreglase su situación familiar. Ernesto tuvo con ellos un comportamiento totalmente regresivo, les pedía dormir en la misma habitación con ellos porque tenía miedo a estar sólo, les pedía continuamente besos, acompañamiento y abrazos y que le leyesen los mismos cuentos que le leían cuando él era pequeño. Pasada una semana Ernesto empezó a recuperar su carácter habitual, retomó de nuevo las clases y siguió quedando con sus nuevos amigos con los que fumaba hachís a diario y tanto le reconfortaba. Sin embargo sus preocupaciones físicas relacionadas con su poca virilidad  fueron ganando terreno.

Al mes de estancia en casa de sus abuelos a Ernesto se le ocurrió la idea de irse a vivir con uno de sus nuevos amigos que vivía una situación familiar similar a la que tenía en su casa. Buscaron un apartamento y Ernesto comunicó su nueva opción de vida a sus padres. A estos, con tal de no tener mas problemas y proteger de la barbarie al resto de sus hijos, accedieron a pagarles por completo los gastos de vivienda y darle una asignación de 400 euros al mes para su manutención, a cambio de todo ello tenía que acudir a un psiquiatra, amigo de su padre, una vez por semana. A Ernesto le pareció muy buena idea, porque de esta manera podía empezar una nueva vida y podía recibir un apoyo psicológico que le permitiese arreglar los problemas que él entendía que tenía, aunque jamás lo  hubiese confesado. Sin embargo a sus padres les planteó que accedía al “chantaje” para que le dejasen en paz y demostrarles que los que estaban “locos” y le hacían la vida imposible eran ellos.

Durante la vida en ese nuevo apartamento, Ernesto gozaba de total libertad que aún no sabía gestionarla en su propio beneficio. Su estilo de vida se basaba en el consumo de porros desde que se levantaba, asistir a clase cada vez con mayor irregularidad y los fines de semana salir de fiesta o hacer reuniones en casa donde el objeto de convocatoria siempre era el consumo de drogas. Con respecto a la psicoterapia asistía a ella regularmente, se podría decir que lo hacía de forma mecánica pero con muy poca implicación. Se dio cuenta que al psiquiatra podía contarle abiertamente su versión sintiéndose escuchado y comprendido pero también se percató que era capaz de engañar al que al fin y al cabo consideraba mas un amigo de su padre que un profesional de la salud destinado a ayudarle. Con él se abrió y empezó a contar por primera vez el miedo que tenía a parecerse a su padre (ser poco hombre) y que en él se traducía no tanto en el carácter y personalidad sino mas bien en el tamaño de su pene y a una posible impotencia sexual. Estas ideas fueron ganado terreno en su mente para llegar a ser el centro de sus pensamientos y en obsesión. Su nuevo compañero de piso aveces llevaba a casa alguna amiga con la que mantenía relaciones sexuales e intentaba animar a Ernesto a que hiciese lo mismo. Pero Ernesto siempre evitaba las ocasiones, cada vez le resultaba mas difícil ya que le acompañaba un físico especialmente atrayente para las chicas.  Cuando llevaba tres meses en él nuevo piso un día llegó su compañero con dos amigas y una de ellas no paraba de provocarle para que el tuviese la “iniciativa” a tener una relación con ella.  Ante la presión de ella y sobretodo la presencia como testigo de su amigo y la desinhibición que la cocaína le produjo, se armó de valor y se dejó llevar por la situación. Era la primera vez que besaba a una chica y la primera vez que se iba a mostrar desnudo ante alguien. Todo resultó aparentemente normal pero al día siguiente al hecho, Ernesto empezó  a obsesionarse ante la idea de que la chica se hubiese quedado insatisfecha y hubiera hecho el ridículo ante ella. Temía que podía contárselo a sus amigos y ser el objeto de burla de todos ellos y que esa imagen de chico rebelde, valiente, viril y agresivo pudiese quedar por los suelos. No se le ocurrió otra cosa mas que provocar una pelea absurda con su compañero de piso, acusándole de haberle robado una china de hachís (hecho que era habitual) para tener la escusa de irse del piso y desaparecer completamente de sus nuevos amigos.

Ernesto llegó a casa de sus padres a media noche totalmente desencajado diciendo que no podía volver a su apartamento y que necesitaba quedarse con ellos. Le contó a su padre su problemática. El padre, al ser urólogo, le intentó hacer un examen lo mas profesional posible, dentro de las circunstancias en las que se hallaba. El padre se quedó sorprendido al ver que no encajaba nada lo que decía su hijo con la realidad. Veía que su hijo tenía un tamaño y forma en su pene normal e incluso comprobaba que era mayor a la media de lo que él veía en consulta. Sin embargo  Ernesto esto no lo creía y pensaba que le engañaba o que incluso su padre probablemente sufría la misma disfunción pero que él la negaba y que eso explicase el porqué seguía soportando el “maltrato” de su madre. A partir de ese momento Ernesto fue sometido a todo tipo de pruebas médicas que él mismo iba solicitando para encontrar el problema hormonal o físico que Ernesto aseguraba sufrir y que jamás se encontró.

A partir de este momento Ernesto se quedó viviendo en casa teniendo una relación mas distante y menos conflictiva con su familia, excepto con su padre al que perseguía constantemente para que le ayudase con su problema. El padre se sentía totalmente impotente y le derivaba a todo tipo de compañeros para que le estudiasen, además de recetarle Vardenafil (principio activo para la disfunción erectil). Tomaba el medicamento todos los fines de semana antes de salir de casa y salía por discotecas para ver si ligaba. Lo mezclaba con alcohol y drogas y lo habitual era que alguna chica acabase por sucumbir a sus encantos. Esto le hacía sentirse poderoso y viril. A clase iba lo justo para presentarse a exámenes y a tutorías preparadas especialmente para el. Le costaba enfrentarse a sus compañeros y temía que entre ellos pudiese salir alguna conversación donde se le pudiese dejar en evidencia, por la posibilidad de que la chica con la que mantuvo relaciones pudiese haber corrido la voz. A pesar de todo ello consiguió aprobar 2ª de bachillerato y la selectividad.

Ernesto con 17 años seguía con su psiquiatra, pero su vida era cada vez mas insana. Donde la patología iba ganando cada vez mas terreno lo que provocaba estar mas apartado de un mundo social- familiar sano y contenedor. Así pues, el psiquiatra decidió ponerse en contacto con ATV (Acompañamiento Terapéutico Vinculante) para evaluar el caso.

Tras una evaluación del caso por los miembros de ATV, donde principalmente se basó en las entrevistas realizadas con los familiares, el paciente, su psiquiatra derivante  y hacer una revisión histórica de las experiencias vinculares del paciente relatadas en esta historia de este artículo, se decidió abordar el caso basándose en las siguientes premisas iniciales:

1. Utilizar los tres primeros meses de acompañamiento como prueba y evaluación completa del caso, que permitiese realizar un diagnóstico diferencial del caso así como una evaluación mas concreta del pronóstico y futuro abordaje del caso de Ernesto.

2. Mantener una coordinación y comunicación fluida y manifiesta con su psiquiatra derivante y con la familia, que permitiese que el tratamiento de ATV fuese una verdadera extensión y complemento de un tratamiento que a nivel ambulatorio se hallaba falto de recursos como para encarar satisfactoriamente el caso de Ernesto.

3. Realizar intervenciones a nivel familiar de psicoeducación.

4. Que el acompañamiento en esos tres primeros meses fuese lo bastante intenso (a diario) para que pueda permitir crear una relación vincular fuerte, con capacidad para poder parar la escalada de conductas autodestructivas y obsesivas que Ernesto estaba teniendo. Para ello se le asignó un acompañante de 36 años, psicólogo llamado Raul Prieto, que con una experiencia previa intensa en el manejo de pacientes desafiantes y de rasgos psicopáticos parecidos a los que Ernesto presentaba. Además Raúl  poseía ciertas habilidades personales e innatas (debido en gran parte a su historia personal) que no son capaces de transmitirse por medio del estudio y que le permitían crear un vínculo basado en la creación de un fuerte respeto, autoridad y apoyo cercano, además de tener aptitudes para resolver situaciones límites. Raúl era una persona muy cercana, con una gran rectitud tanto en el su praxis profesional como en su vida personal pero que en una etapa de su juventud también estuvo cercano al mundo de las drogas y de la marginalidad. Este hecho le permitía tener una capacidad de empatía y proximidad superior comparándolo con el resto de posibles acompañantes. Sin embargo, debido a la filosofía de y protocolo de actuación de ATV y  a este hecho en concreto de la vida de Raúl, la supervisión cercana y diaria del acompañante por un psicólogo clínico no interviniente en la escena real del paciente era mas relevante que en otros casos.

 Desarrollo de la intervención en ATV.

Aprovechando la situación circunstancial por la que estaba atravesando Ernesto (terminación de etapa de estudios reglados y por tanto comienzo de vacaciones, desadaptación social y conflictos familiares que motivaban el deseo de distanciamiento de la convivencia familiar por parte de todos los miembros) se decidió realizar el acompañamiento durante el primer mes de manera intensiva apartado de su entorno cotidiano. Se pactó con los familiares, psiquiatra y el propio Ernesto convivir con Raúl en un apartamento de playa localizado en la Alboraya (localidad tranquila y muy próxima a Valencia capital). Se trataba de crear  una atmósfera propicia para que Ernesto tuviese la oportunidad de romper con todas las relaciones patológicas que había ido creando consigo mismo y con su entorno, apoyado y acompañado para poder empezar a construir las bases de un nuevo mundo circundante saludable.

Ernesto empezó con mucha ilusión y a la vez con ninguna conciencia y expectativa terapéutica el acompañamiento. Lo entendía como una oportunidad de irse de vacaciones con un “colega nuevo” al que consideraba “enrollado” y lo suficientemente “pardillo” como para “engañarle“, lo cual le permitiría seguir haciendo la vida a su antojo. Se cayeron bien mutuamente en el comienzo y tenían en común los mismos gustos deportivos. Empezaron a establecer la comunicación y a romper el hielo a través del deporte competitivo entre ambos, especialmente partidas de tenis y Kayakismo  en el mar (piragüismo en kayak en este caso de dos plazas).

Raúl tenía como primer objetivo promover la creación de un vínculo con Ernesto que cumpliese principalmente dos objetivos; El primero de ellos sería añadir a Ernesto una experiencia relacional representativa, terapéutica y sana que fuese también compensatoria de todas aquellas que su historia le habían hecho crear, desarrollar o mantener su patología basada en la destrucción, odio, desvaloralización, hedonismo, rebeldía, agresividad, etc.. hacia si mismo y hacia su mundo circundante. El segundo de los objetivos sería que a través de ese vínculo cercano Raúl tuviese en un futuro un poder natural e importante para poder influir de forma terapéutica en el desarrollo y en la psiquis de una estructura  yoica sana en Ernesto.

Durante este primer mes de relación se empezaron a construir las bases del vínculo. Ernesto empezó a descubrir que a pesar de que Raúl era una persona mayor qué él, terapeuta, con una relación fluida y explícita con su psiquiatra y sus padres y con un comportamiento a través del cual siempre denotaba que él era el que marcaba las normas de convivencia y superioridad y por lo tanto pertenecía a ese grupo de autoridad a la que desafiar o engañar; era por otro lado muy cercano, afectuoso y natural con él. Este dato era un buen comienzo, pero también era algo que a Ernesto le hacía sospechar que detrás de ello tendría que haber alguna trampa, irrealidad o complot del mundo adulto hacia él. Para él era algo totalmente nuevo y que eso le hiciese despertar susceptibilidades era algo totalmente esperable en Ernesto si revisamos su historia, ya que su experiencia le había demostrado que en su relación con la autoridad siempre estos le habían fallado y que con las personas cercanas, excepto con su amigo Juanito con quién él mantenía una relación de salvaguarda y dominio sobre él, la relación acababa por estropearse.

Ernesto a partir de la segunda semana de convivencia empezó a ponerle a prueba a Raúl. Sus desafíos consistieron en no respetar ciertas normas de convivencia, como por ejemplo intentar no hacer las labores domésticas que le correspondían o intentar eludir la cita que semanalmente tenía con su psiquiatra. En el caso de Ernesto, sentar las bases del respeto a las normas y el no permitir saltarse los límites desde el primer momento, era esencial si pretendíamos crear una relación que le pudiese generar seguridad, protección, ayuda en su autoestima y parar sus actuaciones psicopatológicas. Por eso desde el comienzo Raúl se mostraba firme, sin que ello significase falta de cercanía, y no consentía que Ernesto se saltase ningún límite. para ello por ejemplo hizo falta que Raúl le acompañase hasta dentro de la consulta del psiquiatra o que no saliesen hasta la tarde del apartamento hasta que no se hiciese su cama, y así un sin fin de actuaciones. Entrados en la tercera semana, Ernesto conoció a un par de chicos con los que probablemente pretendía quedar a espaldas de Raúl para consumir hachís con ellos (pasado un tiempo Ernesto admitió que esa era realmente la intención).  Al igual que hizo con su antigüo compañero de piso, Ernesto empezó a provocar con Raúl discusiones y enfados con él para tener la justificación de huida. Le decía que le estaba acosando, que se había metido en su vida y que estar en ese apartamento era igual que estar en una cárcel en la que Raúl era el peor carcelero que se podía haber encontrado, le definía como un lobo con piel de cordero. Discutían prácticamente a diario pero a pesar de que el objetivo de Ernesto era provocar distanciamiento con Raúl, que este se hartase de él y poder cesar la relación, en ningún momento esto ocurrió. Por primera vez en Ernesto un conflicto, una discusión, incluso conteniendo muchas de estas fuertes salidas de tono, supuso romper, alejarse, provocar rechazo o miedo a alguien. Raúl se presentaba tan fuerte que no consiguió que Ernesto se saliese en ningún momento con la suya para que Ernesto ganase terreno en libertad  autodestructiva o  imponer su tiranía. A pesar de las quejas constantes de Ernesto hacia Raúl al que le decía que era un pesado y prácticamente un acosador y decir a sus padres y psiquiatra que no aguantaba mas la situación de tener un espía y un controlador las 24 horas del día, Ernesto empezó a valorar ligeramente el poder tener junto a él una persona que parecía incondicional e incapaz de ser chantajeada.

Pasado el mes, Ernesto tenía que volver a casa de sus padres y aunque el acompañamiento iba a continuar, Raúl ya no iba a estar con la misma intensidad con la que estuvo este primer mes. Fue en este momento, cuando se despidieron en casa de sus padres, cuando Ernesto sintió que dependía de Raúl, le tenía aprecio y le necesitaba.

Durante este primer mes, los padres habían sido orientados por el psiquiatra de Ernesto y entrenados por el supervisor de ATV del caso de su hijo, para poder entender la problemática de Ernesto y tener recursos para enfrentarse adecuadamente a la situación. Ernesto cuando llegó a casa se presentó muy distante e infravalorando el papel de sus padres. Les decía que no había servido de nada llevarle un mes con un “adiestrador” de personas, que él seguía siendo el mismo y que no habían conseguido nada mas que jorobarle, como de costumbre, y gastar dinero inútilmente. Con Raúl se acordó que reanudaran el acompañamiento pasados 4 días y que a partir de ese momento quedaran 5 tardes en semana.  Pero durante esos cuatro días de ausencia de Raúl rápidamente a Ernesto se le despertaron de nuevo todas las sensaciones y fantasmas del pasado con las que se marchó y reaparecieron sus obsesiones con respecto a la virilidad .  A pesar de estar distante en casa, Ernesto intentó volver a lo de siempre e increpar a su familia. Sin embargo esta vez las cosas fueron diferentes. Los padres tenían el apoyo de ATV y la unión de criterios entre ambos de la que antes carecían. Supieron limitar  las actuaciones de Ernesto y si ellos mismos no tenían argumentos o les faltaba coraje para hacer frente a determinadas situaciones, podían indicar que actuaban así por indicación de ATV o Raúl e incluso podían llamar a Raúl o al supervisor para que actuasen por ellos.

En los dos meses siguientes, el acompañamiento se basó en la generación de una relación de apoyo, aceptación, confianza, autoridad y comprensión. Raúl le animó para que no abandonase los estudios y le orientó sobre la rama por la que decantarse. Le confrontaba constantemente con la realidad y era habitual que cuando Ernesto protestaba del mundo Raúl le devolviese la idea de que el mas responsable de lo que le pasa a uno mismo es casi siempre uno mismo. Se lo podía decir de tal modo y era efectivo, porque Ernesto empezó a ver a Raúl como alguien de referencia, le veía cómo una persona fuerte, parecido al ideal de si mismo y un modelo sano a seguir. De hecho empezó a adoptar rasgos identidad propia y filosofía de vida algunos rasgos personales de Raúl.

Una vez pasados estos tres meses prueba, se pudo constatar que Ernesto era capaz de entablar relaciones saludables con el mundo, que el afecto y la creación a su alrededor de una estructura segura y limitadora también producía en él un cambio interior. La rebeldía, la venganza hacia el mundo y sus conductas fuera de la norma, estaban desapareciendo y Ernesto estaba entendiendo que el mundo no es necesariamente siempre hostil e injusto, por lo que no tiene sentido estar defendiéndose o huyendo constantemente de el.

Pasados estos tres meses el acompañamiento se pactó, en función del modo en que Ernesto estaba integrándose a su nuevo contexto social y con su familia. Para ello fue necesario que Ernesto estuviese acompañando durante las tardes de los miércoles y los sábados por la mañana. Ernesto fue integrándose adecuadamente en la Facultad de Veterinaria y sabía que tenía un radar mas o menos inconsciente para elegir amigos con los que meterse en líos o a los que manejar a su antojo. Por eso le tranquilizaba contarle todas las historias de la facultad a Raúl y que este le diese su opinión. Al final de curso empezó a sentir un interés especial por una compañera de clase, por lo que de nuevo le volvieron sus dudas con respecto a su virilidad sexual y a tener el deseo acompañado de algunas actuaciones inconscientes de abandono o meterse en peleas y líos. De todo ello era advertido e informado el psiquiatra con el que llevaba la psicoterapia y donde debía trabajar esos temas. Sin embargo el soporte de Raúl en el tema, sus consejos puntuales, junto al nuevo apoyo cercano de sus padres y la confianza en su nuevo grupo de amigos de la facultad hicieron que pasados los exámenes finales comenzase, por primera vez, una relación con una chica en donde el punto clave no era ser una máquina sexual, sino el cariño, la atracción entre ambos, compartir y disfrutar.

  

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Miguel Ángel Ruiz.

Acompañamiento Terapéutico Vinculante ATV.

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